Curso express · grabado en directo
Le has dado cien vueltas. Y sigues en el mismo sitio.
Mindfulness para reflexionar sin rumiar
Pensar más no siempre permite ver más. Un curso para cuando llevas días dándole vueltas a lo mismo y cada vuelta te deja peor. Para dejar de pelearte con lo que no tiene solución y encontrar el problema que sí la tiene.
¿Te suena?
Mucho movimiento mental. Ningún paso.
Darle vueltas parece trabajar en el problema.
Pero si después de tantas vueltas no ves nada nuevo,
no estás reflexionando. Estás rumiando.
La diferencia
«Uy, me he pasado. No era para tanto.»
Te ha pasado alguna vez: alguien te dice algo, saltas, y una hora después lo ves de otra manera. Lo que pasó es exactamente lo mismo. ¿Qué ha cambiado? Que ha entrado información.
Rumiar y reflexionar se parecen mucho: las dos cosas son darle vueltas a un problema. La diferencia es desde dónde. La rumiación te mete dentro del problema, cada vez más cerca, y cada vez ves menos. La reflexión te separa de él, y desde lejos se ve más.
Dentro del laberinto, cada pared parece toda la realidad.
Es como cuando se te cae una moneda al agua: cuanto más la remueves para cogerla rápido, más turbia está. Hay que parar un poco para que se vea el fondo.
El mecanismo
Un rayo no siempre prende un incendio
Todo malestar empieza con una chispa: llegas a casa y ves el desorden. Ese es el rayo.
Pero un rayo en mitad del desierto no quema nada. Ni en un monte empapado por la lluvia. Para que haya incendio hace falta un terreno: calor, mucha paja seca, nadie cerca.
Con nosotros pasa igual. El terreno es mental: lo que piensas, lo que crees, lo que ese hecho significa para ti. Por eso el incendio es real, pero no depende solo de lo que acaba de pasar. Y por eso apagar el rayo no siempre apaga el fuego.
Lo que vas a entender
Si lo has resuelto y sigues mal, ese no era el problema
Si lo que te molesta es el desorden, la solución es sencilla: ordena. Pero si ordenas y sigues enfadado, el problema era otro.
Para encontrarlo uso una frase que repito muchísimo. Se escribe y se completa: «Esto me enfada porque pienso que…»
«El desorden me enfada porque pienso que mi hijo es un egoísta.» Y otra vez: «Que sea un egoísta me enfada porque pienso que me trata mal.» Y otra: «…porque pienso que no le importo».
Tres escalones más abajo, ya no hablamos de unos cojines en el suelo. Y estabas intentando resolver aquello ordenando el salón.
Lo que haces con eso
Juega bien las cartas que te han tocado
Una vez encontrado el problema, tres preguntas: ¿lo quieres resolver ahora o más adelante? ¿Es posible? ¿Lo tienes garantizado?
Que tu hijo deje de ser egoísta hoy, que tu cuñado deje de ser un impresentable, no encontrar ese trabajo esta semana… Eso no se puede resolver ahora. Cada vuelta que le das es combustible. Pasa página.
Pero la partida no se acaba ahí. Si te ha tocado una pareja de cuatro, quejarte de las cartas es la mejor forma de que todos sepan que llevas malas cartas. La pregunta es otra: con estas cartas, ¿qué más quiero que pase hoy?
Una reunión difícil no la puedes cambiar. «Reunión difícil y dormir bien esta noche», sí. Ese es el problema que tiene solución. Y en ese te tienes que centrar.
Qué hay dentro
Lo que vas a aprender
- Rumiar o reflexionar. Cómo saber si estás dando vueltas o viendo algo nuevo.
- Del rayo al incendio. Detonante, terreno, significado, emoción y respuesta: dónde se puede intervenir.
- Encender la linterna. Por qué con la emoción a tope no se puede reflexionar, y cómo trabajarlo en frío.
- Tirarle de la lengua a tu mente. La frase que baja escalones hasta el problema real.
- Separar los problemas que se han mezclado. Preparar una reunión no es lo mismo que dormir la noche antes.
- Ponerle tiempo al problema. Lo que se puede resolver hoy y lo que solo se podrá resolver más adelante.
- Posible no es garantizado. Distinguir lo que depende de ti de lo que solo puedes influir.
- La pausa de los tres tiempos. Para que, en mitad del calentón, aparezca lo que reflexionaste en calma.
La práctica
El examen en blanco
Viktor Frankl decía que entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. Piensa en un examen: te hacen la pregunta, te pones nervioso y te quedas en blanco. Lo sabías, pero no aparece.
Relajarte no basta: hay que haber estudiado. La reflexión es el estudio. La pausa es lo que deja que lo estudiado aparezca. Son tres tiempos, unos tres minutos, y te quitas de en medio: al baño, a otra habitación, fuera.
Por qué merece la pena
Esperar la ventana entrenando
Quien sube un ochomil se pasa semanas en el campo base esperando un día de buen tiempo para hacer cumbre. Mientras nieva, sigue entrenando. Porque cuando se abra la ventana, tiene que pillarle preparado.
Hay problemas que quizá tengan solución más adelante. Lo que no puedes es quedarte en el campo base enfadado, sin salir, porque no para de nevar. El día que salga el sol te pillaría sin entrenar.
Y una cosa más: cuando un problema llega, la mente se pone una visera, como a los bueyes, y solo ve el desorden, el desorden, el desorden. «Desorden y disfrutar de la cena» ya abre el campo de visión. Y eso sí es un problema que tiene solución.
Antes de decidir
Para quién es, y para quién no
Es para ti si…
- Le das vueltas a conversaciones, decisiones o problemas sin llegar a ninguna parte.
- Resuelves algo y te sigues sintiendo mal, sin saber por qué.
- Te enganchas a cosas que no dependen de ti.
- Discutes por lo mismo una y otra vez.
- Nunca has meditado: no hace falta.
No es para ti si…
- Buscas dejar de pensar: aquí se aprende a pensar desde otro sitio.
- Quieres una solución para un calentón de esta tarde: esta reflexión se hace en frío, y a veces lleva días o semanas.
- Estás en una crisis, ante un trauma o con una activación muy intensa: ahí este trabajo se hace acompañado por un profesional, y este curso no lo sustituye.
Nada de esto modifica una medicación ni un tratamiento. Si el asunto te desborda, buscar acompañamiento forma parte de una buena estrategia.
Quién te lo cuenta
Soy Nacho Luque
Llevo doce años dando clase de mindfulness. Por mis cursos han pasado más de 4.000 personas.
Para mí la parte reflexiva del mindfulness es fundamental: es la que te permite entender de dónde viene todo esto. Y el objetivo del mindfulness, al final, es ese: tener más información sobre lo que está pasando para gestionarlo de una manera más amable.
Este curso lo grabé en directo, con un grupo que traía sus propios casos y los trabajamos en la pizarra. Por eso dura lo que dura: no es una charla, es una sesión de trabajo.
Elige cómo verlo
Dos formas de entrar
El Club de Mindfulness
- Este curso, entero, si entras antes del 1 de enero de 2027.
- Su manual práctico en PDF, de 15 páginas, con la hoja de la combinación posible y un plan de un mes.
- Las meditaciones y los directos del Club.
- Tu cuota se acumula como saldo a tu favor para retiros, encuentros y cursos.
Sin permanencia. Cancelas cuando quieras.
Desde el 1 de enero de 2027, a cada socio nuevo le entran los cursos express que se graben a partir de su alta; los anteriores, como este, se compran sueltos.
Solo este curso
- La grabación completa del curso: 3 h 05 min.
- Para verla a tu ritmo, cuando te venga bien.
Preguntas
¿Es en directo?
No. Es la grabación de una sesión que di en directo: 3 horas y 5 minutos de trabajo real con un grupo. La ves cuando quieras.
¿Necesito haber meditado antes?
No. La práctica final es una visualización guiada, sentado y con los ojos cerrados, y no hace falta saber meditar.
¿Voy a dejar de darle vueltas a las cosas?
Ese no es el objetivo. El objetivo es que, cuando le des vueltas, sea desde fuera y te lleve a algo que puedas probar. Reflexionar no es dar más vueltas: es encontrar una combinación posible y atreverse a comprobarla.
¿Sustituye a una terapia?
No. Si estás en una crisis, ante un trauma o con mucha activación, este trabajo se hace con ayuda profesional. Pedirla también es una buena estrategia.
¿Qué diferencia hay entre el Club y comprarlo suelto?
Suelto tienes este curso. En el Club lo tienes con su manual en PDF y con todo lo demás del Club, por 15 € al mes y sin permanencia.
La próxima vez que empiece la vuelta
Vas a notar que la cabeza arranca. La misma conversación, la misma frase, el mismo «es que…».
Puedes seguir removiendo el agua para coger la moneda. O parar, dejar que se aclare, y mirar.
Esta vez puedes hacer otra cosa: sentarte, coger el cuaderno y escribir «esto me hace sentir mal porque pienso que…». Y preguntarte si eso tiene solución hoy. Si no la tiene, ¿qué más te gustaría que pasara?
Reflexionar no es dar más vueltas. Es encontrar una combinación posible y atreverse a comprobarla.
